Nos decían: ¡Estáis locos por arrancar viñas para plantar cerezos!

13.02.10 – PAZ GÓMEZ

Agustín Carrión, agricultor jumillano de nacimiento y de convencimiento, practica la ‘sakura’ japonesa sin ni siquiera saberlo. Cuando en primavera los cerezos florecen en Japón regalando un fugaz paisaje de flores blancas y rosáceas que simulan mantos de nieve, las familias niponas organizan ‘picnics’ bajo estos frutales.

Agustín y su hermano Pedro, a casi 11.000 kilómetros de distancia geográfica y cultural de la isla asiática, aprovechan la floración de sus cerezos para recorrerlos con sus familias: la extensa mancha blanca que destaca entre decenas de hectáreas de viñas plantadas junto a la carretera de Ontur, en Jumilla, son el orgullo de estos dos empresarios agrícolas porque han demostrado que en la Región se pueden cultivar cerezas y porque les han salvado de la crisis del sector. En la anterior campaña los agricultores murcianos perdieron 157.000 millones de euros y Coag avisa de que 3.000 se arruinarán en dos años.

Las cerezas son «pequeñas joyas», reconoce Pedro, hay que mimar su aspecto porque se comen sin pelar y están muy bien pagadas en el sector. Hoy cuentan con 20 hectáreas (14 campos de fútbol) que les dan 200.000 kilos. Frente a la uva, la rentabilidad es del 200% en márgenes comerciales.

¿Fue suerte o son dos visionarios? «A la suerte hay que ayudarla con trabajo. Cuando los demás estaban boyantes, trabajábamos mucho; hoy que nos va bien y a los demás mal; seguimos trabajando al mismo ritmo -cuenta en su finca Agustín. No somos idealistas. Apostamos y ganamos».

Una belleza centenaria

Aunque la historia sí comenzó con un enamoramiento: Agustín sentía fascinación por un cerezo centenario que observaba de niño. Y la idea fue cociéndose cuando su padre, Bartolomé, les dio el mando de Finca Toli (www.fincatoli.es). Pedro se sumó y la gente no daba crédito: «Nos decían: ¡Locos, cómo arrancáis viñas para plantar cerezos! ¡Que eso no crece aquí! Hasta padre tenía miedo y nuestras familias se sacrificaron mucho».

Porque un árbol no crece por generación espontánea ni da frutos en tiempo récord. Estos hermanos detallan que un cerezo tarda 4 años en ofrecer el apreciado fruto rojo y 6 años en estar a pleno rendimiento. «Al principio, por supuesto, pagamos la novatada, hacíamos intentos, con injertos nuestros y arrancando viñas, y la cosa no funcionaba -reconoce Pedro. Pero cuando te cuesta el dinero del bolsillo, te espabilas con rapidez». Y se dijeron: tiramos la toalla o a por todas. Pues a lanzarse.

El paso inicial fue recorrer zonas donde ya se cultivaban cerezos con éxito. «Era básico verlo ‘in situ’. A Burdeos nos fuimos hace un montón de años en una C-15. Y después tocó el valle del Jerte, Lérida y Alicante». Tras muchos fracasos -«de los éxitos no se aprende»-, dieron con las variedades que se ajustan al microclima del Altiplano, como la ‘sweet heart’.

La segunda fase fue luchar contra las inclemencias metereológicas y «ser capaces de ‘controlar’ el tiempo», como se jacta Pedro. Las heladas primaverales son un gran ‘handicap’ para el cerezo y resulta que en los campos jumillanos son bastante frecuentes. Los Carrión instalaron unas torres antiheladas alimentadas por gasoil que envían aire caliente al suelo cuando el termómetro baja de cero. Si no es suficiente, colocan cientos de velas de parafina. A los pájaros los ahuyentan con unas especies de antenas que emiten ultrasonidos, con lo que evitan los picotazos.

La climatología del Altiplano aporta una gran ventaja a este frutal: mucho frío en invierno, que es cuando el árbol hiberna.
Las miras de los Carrión no se quedan en la Región. Constituyeron una asociación con otros tres productores alicantinos (Masfrut), que produce 2 millones de kilos de cerezas: la mitad las venden a Mercadona (gracias a que han logrado la certificación Global GAP) y el otro 50% a Alemania y Reino Unido.

Ante la caída en picado del sector, el Instituto Murciano de Investigación y Desarrollo Agrario y Alimentario (IMIDA) está desarrollando un estudio pionero con los Carrión en aras de extender el cerezo por otros campos. Ellos no se muestran arrogantes con ese proyecto. Su mente está en la próxima cosecha y en mantener su finca impoluta. «Esto funciona así: si hay que trabajar de madrugada, saltamos de la cama».